El “Barba Azul” es uno de los pocos cabarets al estilo clásico que sobrevive en Ciudad de México. Su nombre se debe a una leyenda en la que un noble francés asesinaba a sus amantes. Resulta algo cínico que en este lugar, donde todavía existen “ficheras” (“damas de compañía”) y que además está ubicado en uno de los países con más índices de feminicidios alrededor del mundo, se rinda homenaje a un asesino de mujeres. Pero si se lo piensa mejor no es tan raro, pues dentro de esa lógica colonialista en la que un hombre europeo era dueño de varias mujeres latinas y las poseía hasta el punto de matarlas, de alguna manera, quizá más sutil pero no menos violenta, sigue vigente, pues allí las mujeres, como la caña, la salsa y el humo del cigarrillo son parte del combo.

Laura Herrero Garvín no puso su mirada en la pista de baile ni en los músicos ni en la barra, sino en el baño. Una noche en que la documentalista española fue a bailar con sus amigas, se fijó en un personaje que irónicamente pasaba desapercibido, la mujer que repartía papel higiénico en el baño. Era una señora de edad, corpulenta y con pinta de abuela, suéter de lana, lentes de aumento, cabello cano. Las demás mujeres, las ficheras, la llamaban “Mami” y tenían una relación cómplice y cercana con ella, le contaban sus experiencias con los “clientes”, le pedían ayuda con el maquillaje o le pedían algún consejo. Laura entendió que la “Mami” estaba ahí, en sus propias palabras, “cómo sostén del espacio, como cuidadora de la energía que espera a que las chicas lleguen y si necesitan ayuda lo hace de alguna forma”. Se acercó a ella y le preguntó si podría visitarla en otra ocasión para conversar sobre una posible película. La Mami accedió y así empezó todo.

Sin caer en un discurso panfletario y menos aún exotizante, Laura Herrero nos muestra los matices oscuros que esconde la noche de rumba en el Barba Azul; nos revela la intimidad que las distintas mujeres comparten en el baño a través de una cámara elegante, que no interviene, que incluso tiene momentos de humor. Para lograrlo, Laura visitó a La Mami y a las chicas durante tres años y les ofreció distintas maneras de participar en la película: aparecer con cuerpo y rostro, solo con cuerpo o solo con voz en off fuera de cuadro.

Todas ellas son solteras. Algunas son viudas, otras divorciadas, otras han podido dejar a sus maridos gracias a ese trabajo, el cual les permite criar a sus hijos solas. Irónicamente su cárcel es, al mismo tiempo, su posibilidad de “libertad”. La documentalista decidió dar tratamientos distintos a los espacios del cabaret; mientras la pista de baile y la barra representan la vorágine de la noche a través de sombras y contrastes marcados, el baño se caracteriza por una luz tenue que refleja la calidez del “nido”. Y es que el baño se convierte en un pequeño espacio seguro en el que las mujeres pueden resistir la noche; allí están, al menos por un rato, a salvo de los hombres, libres de aceptar tragos que no les apetece, de verse siempre “perfectas”, calzando en las poses que exige “ser mujer”. Allí la Mami las protege advirtiéndoles sobre la trampas del amor romántico con máximas como: «Aquí los hombres sirven para dos cosas: para nada y para dar dinero. Para nada más».

Pero cuando las mujeres bajan las escaleras hacia el bar, la luz cambia y ellas son otras, hasta cambian de nombre. Sin embargo Laura también capta sus breves momentos de soledad en la pista de baile, como cuando una de ellas mira al infinito con la mano en la pena mientras espera que alguien se acerque, o cuando otra casi se cae del sueño, o cuando otra baila aburrida, casi por inercia.

La Mami narra muchas historias fuera de cuadro. Poco a poco, la intimidad entre las ficheras y la Mami crece permitiéndonos ver sus vidas más allá del cabaret. Entre las chicas destaca una, Priscila, una viuda pasada los 40 obligada a trabajar allí para salvar a su hijo del cáncer. Una de las pocas pautas que la documentalista dio a las mujeres para intervenir en la película fue pedirles que hablasen de sus experiencias como mamás. Gracias a eso sucede uno de los momentos más emotivos cuando, mientras ambas se maquillan, la Mami y Priscila conversan sobre sus hijos, revelándonos realidades bastante dolorosas. Nos enteramos del pasado de la Mami, de cómo llegó hasta el Barba Azul, también por razones vinculadas al cuidado de sus hijos. “Hoy no quería venir a trabajar, quería quedarme viendo la tele con mis hijos”, dice la voz de una de ellas, por ahí.

Quizá una de las mayores virtudes de esta película sea que no sataniza la realidad de las ficheras, la muestra en su totalidad, humanizándola. La orfandad es lo que une a estas madres, que a su vez son protegidas por otra gran madre, quien, a su vez, es acogida no por ninguna institución ni ley, sino por el techo de un cabaret.

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