Estoy afuera de la Sala Alfredo Pareja Diezcanseco junto a mi amiga Paula que ha improvisado una pequeña cafetería que durará lo mismo que el Festival de cine que está teniendo lugar. Paso más tiempo afuera que dentro de la sala. Entre empanadas, las famosas “pastas” con que nos referimos aquí a pasteles o dulces individuales, alfajores, café, té y agua escuchamos e incluso a veces participamos de las primeras impresiones que los espectadores se llevan de las películas. “¡Cómo puede ser que muestren esta película!”, “¡Qué indignación!”, “¡Qué violencia, deberían avisar!” refunfuñan algunas personas saliendo de la sala antes de que termine la función. La película en cuestión es La mujer del animal, dirigida por Víctor Gaviria.

Volví a esta anécdota, que además me recuerda que mucho del cine ocurre por fuera de las salas, al ver a Mercedes Gaviria, en su película Como el cielo después de llover, prepararse para formar parte del equipo de la película que su papá va a filmar después de mucho tiempo de haber tenido la idea. Se trata de La mujer del animal, la cual está basada en las vivencias que Margarita Gómez tuvo al ser raptada a los dieciocho años por un hombre conocido como “El Animal”. Conocemos brevemente a Margarita, lo suficiente para intuir algo que asoma como una complicidad con Víctor.

Mercedes, o Merce o Mechi como la llama su familia, viaja de Buenos Aires a Medellín ilusionada de encontrar su cuarto tal y como era cuando era niña y con muchas preguntas sobre cómo piensa su papá abordar las escenas de violencia sexual en la película. Ella le advierte que son exageradas, pero mantiene su pulso mientras filma los ensayos, sosteniendo la mirada en un gesto que leo como complicidad y compañía hacia la actriz Natalia Polo que interpreta a Margarita. “El sufrimiento de Margarita revive fácil en el cuerpo de cualquier mujer”, reflexiona Mercedes. La otra Mercedes, mi mamá (también conocida como Merce) y yo cubrimos nuestros ojos con la mano entreabriendo los dedos mientras transcurren estas escenas, pero al igual que la directora, seguimos escuchando.

La experiencia de Mercedes durante el rodaje que su padre dirige es apenas una parte de Como el cielo después de llover, pero hago esta referencia para situarla en las reacciones que escuché esa vez afuera de la sala que, aunque fugaces, se me quedaron grabadas y constituyen ese fuera de campo de la proyección de una película que considero integral registrar. Hago referencia a esa parte de la película también para situarnos en la mirada de Mercedes. Su mirada es la de una mujer parte de un equipo de filmación principalmente masculino, su mirada es también la de una hija que investiga el fuera de campo de los archivos de su niñez registrados por su padre. Ese espacio externo a lo que cabe encuadrado en estos relatos oficiales y aparentemente más grandes alberga otros deseos detrás del por qué registrar, del por qué hacer memoria. Estos deseos, imagino, tienen que ver particularmente con tejer una intimidad, ejercitando lo que Silvia Rivera Cusicanqui llama una “mirada periférica” que incorpora una percepción corporal, involucra un estado de alerta y busca una interlocución. “Hablar después de escuchar, porque escuchar es también un modo de mirar, y un dispositivo para crear la comprensión como empatía, capaz de volverse elemento de intersubjetividad”, escribe Rivera Cusicanqui.

Hay gestos que habitan la película como pactos por la intersubjetividad, como las cartas que Marcela, la madre de Mercedes, le escribe antes de que nazca, o la forma en que Mercedes posa su mirada sobre la de su padre. Estos trazan puentes entre generaciones, entre intenciones de registrar la vida, pero más aún, me atrevo a pensar, son gestos que fisuran, desde el respeto y el amor, los relatos oficiales y aparentemente más grandes. Pensar la fisura que activa Como el cielo después de llover me hace sentirla como un gesto por la continuidad, la continuidad al archivo de su familia y la continuidad al oficio y mirada de su padre, que no es una continuidad por la réplica ni la imitación. Es una continuidad que solo es posible desde la fisura para así fabular otros relatos.

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