1

Recuerdo el documental Georgi y las mariposas, pero no recuerdo a las mariposas sino a las avestruces.

2

Recuerdo que el documental de Andrey Paounov contaba la historia del eterno optimista, el dr. Georgi Lulchev, siquiatra, neurólogo, director de un centro en Bulgaria para personas con
discapacidades intelectuales que quería instalar una granja de avestruces en el patio de su instituto para que produjera dinero y ocupara a los internos. Sus esfuerzos fracasaban uno tras otro, pero nada lograba desanimar al doctor. Por entonces yo escribía una novela que terminaría por llamarse Humo y que no tenía nada que ver con el doctor, Bulgaria o la terapia ocupacional, pero el optimismo del dr. Lulchev calcaba el del protagonista de la novela: un serbio que escapa de Europa al estallar la Segunda Guerra Mundial y termina en Paraguay. Tenía que encontrar una manera para que Andrei, el protagonista, sobreviviera en el Chaco. Georgi y las mariposas se filtró en Paraguay. Andrei establece una granja de ñandús el ave paleognata, endémica de Sudamérica, muy similar al avestruz, de la que todo es utilizable: sus plumas, huevos y carne allí.

3

Recuerdo que los EDOC también eran un lugar de encuentro. Y que varios enfermos de cine, como yo, veían entre cuatro y cinco documentales al día en cada edición. Felipe Terán era otro de ellos. En el 2005 necesitaba saber cómo se decía “¿Qué ves por la ventana?” en ruso, para la misma novela. Entre documental y documental, café y cerveza, chulpi y canguil, lo escribió en la última página de la programación de ese año: Schto ti smotrish za akno?

4

Recuerdo que recuerdo tanto las conversaciones como los documentales, sobre todo las que ocurrían a los gritos en la atestada barra del Cine Ocho y medio.

5

Recuerdo el año que la película inaugural del festival fue La pesadilla de Darwin, esa narración apocalíptica que envuelve tráfico de armas, la destrucción de especies endémicas sumada a la industrialización de la pesca en Tanzania, la globalización, el racismo y el hambre. Si alguna vez se escogió una película para abrir el festival que ponía en evidencia la estupidez humana, fue ese año. Llovía, hacía frío, y, en una apuesta por diversificar los teatros que acogían a los EDOC, se la presentó en la carcasa de lo que alguna vez fue el teatro más elegante de la ciudad. Una época de gloria que terminó el mismo año que se estrenó Ratas, ratones y rateros con el incendio que comenzó en Pizza Hut y que se regó hasta destruir el 70% de las instalaciones del Teatro Bolívar. Esa noche entramos y, antes de que comenzara el documental, la atmósfera ya presagiaba lo que veríamos: paredes quemadas, ráfagas de viento y lluvia dentro del teatro, asientos desvencijados. Luego de los 107 minutos de proyección nos invitaron a un canelazo en un Wonder Bar cubierto de plástico, tiras amarillas que señalaban las zonas más peligrosas, focos de bajo voltaje y reflectores. Luego de la recepción salí junto a un grupo de amigos para buscar algo de comer y hablar sobre la película, en especial sobre la decisión del director de colocar una olla de arroz en una escena para que pudiera filmar a un grupo de niños hambrientos comer. La escena en la calle Espejo era igual de desoladora, un grupo de niños que había ido a vender caramelos y cigarrillos nos siguieron hasta la cafetería y, al rato, también se reunieron frente a un plato de comida. Qué no hubiera dado el director Hubert Sauper por seguir rodando.

6

Recuerdo el año que se proyectó La revolución no será televisada en la enorme sala del Centro Cultural de la Universidad Católica, frente a la entonces sede de la Embajada de Estados Unidos. Ese documental inaugural relataba el intento de golpe de estado contra Hugo Chávez en Venezuela mucho, mucho antes, de las denuncias de corrupción, vínculos con el narcotráfico, éxodo masivo de la población y Maduro. Cuando Chávez iba a las Naciones Unidas y se dirigía a la Asamblea General con discursos como este: “El diablo vino ayer…y sigue oliendo a sulfuro” al hablar del entonces presidente de EEUU, George W. Bush. La canción a la que hace referencia el título del documental, un himno de los Black Panthers en los años 70s, dice en una estrofa “… la revolución será en vivo”. El muro de la Embajada de EEUU amaneció, al día siguiente, lleno de pintadas antiimperialistas.

7

Recuerdo cerrar los ojos y querer desaparecer bajo las bancas de la Iglesia de Guápulo cuando Patricio Guzmán el director de la monumental La batalla de Chile considerado «uno de los diez mejores filmes políticos del mundo» por Cineaste descubrió que bautizaban a una recién nacida en la pila bautismal y sacó una cámara de video que hasta ese momento no sabía que tenía, y se metió entre los padrinos y el cura y los comenzó a filmar. Recuerdo, también, que cuando abrí los ojos nadie estaba molesto. La epifanía: para acercarse a “lo real” se tiene que dominar la invisibilidad.

8

Recuerdo salir del seminario que dio Guzmán sobre el documental y, camino a comprar un café, cruzarme con él y Carla Valencia en el receso y alcanzar a escuchar: “Quiero contar la historia de mis abuelos…”.

9

Recuerdo la energía de Quito en cada una de las ediciones de los EDOC: hacer cine en Ecuador, como el que se veía en las pantallas, era cada vez menos quimera que realidad.

10

Recuerdo que años después de la conversación entre Guzmán y Valencia se estrenó Abuelos en los EDOC.

11

Recuerdo mi desconcierto al hablar con Joaquim Jordà, el considerado padre del documental español. ¿Cómo podía hacer documentales, charlar, viajar, discutir con los asistentes después del infarto cerebral que sufrió y que le impedía relacionar los objetos que veían sus ojos con las palabras que usaba para designarlos y que tampoco le permitía distinguir colores y que redujo enormemente su campo de visión? Hasta una simple conversación era una batalla cuesta arriba, peor a 2800 metros, pero al mirarlo nada de eso era perceptible.

12

Recuerdo la discusión luego de su película De niños. Un documental complejo, que abarca la pederastia, la degradación del barrio Raval de Barcelona y la especulación inmobiliaria sumado a una crítica despiadada a los medios y al sistema judicial español. Luego de ver el documental, más que hablar, quería cerrar los ojos para tratar de entender lo que había visto, pero si yo quería pensar, otros querían interrogar al realizador. La charla en la sala no se acababa y la siguiente película tenía que comenzar, así que los organizadores nos guiaron a la cafetería. Había sido un día largo: entrevistas, charlas, proyección y, era tarde, pero Joaquim Jordà aceptó. Jordá, descrito como “insobornable, libre, irreverente con el poder y extremadamente culto”, tenía una mecha corta con la beatería. Siguió respondiendo, pero a la tercera pregunta, hecha por la misma persona y sobre lo mismo: “¿Por qué hablaba sobre la pederastia como lo hacía?”, explotó. Había razonado, había esgrimido argumentos, había pensado sus palabras para que, a pesar de su agnosia, se lo entendiera, y harto de que no lo hubieran escuchado, gritó, “Porque yo también fui abusado de chaval” y se largó.

13

Recuerdo que al día siguiente lo llevé al mercado artesanal porque quería comprar un ajedrez que, en lugar de tener las piezas tradicionales, enfrentaba a incas con españoles. Fuimos a tres puestos antes de que encontrara el que le gustaba. A todos los vendedores les pidió perdón, “por el genocidio de hace 500 años”. Estaba cansado, respiraba con dificultad y lo invité a mi casa a tomar café con humitas. Mientras lo preparaba, revisó mi biblioteca. Llegó a la mesa con tres libros y una enorme sonrisa. “Me conocías antes de conocerme”, me dijo y me estiró dos libros de Baudrillard y uno de Sciascia. En la tapa decía, Traductor Joaquim Jordà.

14

Recuerdo que las discusiones en torno al documental cambiaron a lo largo de los años. Esa línea infranqueable que separaba a la realidad de la ficción se desdibujó y desapareció del todo cuando se proyectó Silencio en la tierra de los sueños de Tito Molina en los EDOC.

15

Recuerdo que los Encuentros del Otro Cine dejaron de ser un festival para volverse un rito anual donde nos encontrábamos para imaginar un mundo complejo, más humano, diferente. Donde por unos días podíamos dejar de ser ciegos a lo distinto y descubrir a luthieres, familiares excéntricos, miembros fantasmas, asesinos, luchadoras y músicos de otras épocas.

16

Recuerdo cuando el pasado era el presente y alguien lo filmó.

 

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