Las posibilidades del fuego son tan deslumbrantes como inciertas: es el elemento que provoca la vida, el asombro, el calor, el encuentro. Pero también puede devenir en caos, en un dolor inusitado, en muerte fatal. Entre las tantas acciones benefactoras que Prometeo tuvo con los seres humanos, como haber robado el fuego del Olimpo para regalárselo a los mortales, el poeta Hesíodo nos cuenta que, como castigo de esas gestiones, Zeus hizo que una serie de males y enfermedades se extendieran por todo el mundo a través de Pandora.

El fuego —como dispositivo reflexivo y visual, ya sea mediante su fuerza creadora o destructiva, o a través de los residuos (cenizas, escombros) que este deja sin cesar— me permite hermanar a cuatro cortometrajes ecuatorianos que se desarrollan bajo un contexto de desolación desatada por la pandemia del coronavirus o por la reconciliación con la vida que nos deja una singular fiesta ecuatoriana, como es la diablada pillareña.

Flores de fuego, de Oscar X Illingworth, arranca con la imagen de algo que se quema: se escucha su crepitar, pero no se distingue qué es lo que se está consumiendo. Es el retrato y sonido de la continua incertidumbre que ahora nos acecha. Luego nos enteramos de que son periódicos los que arden, los cuales dan cuentan de las muertes provocadas por el coronavirus, de los cuerpos amortajados y dejados a la intemperie, de las vidas que se redujeron a números y titulares. Mediante un ejercicio próximo al collage, al ensayo visual por el que abogaba Chris Marker, Illingworth mezcla diversos archivos visuales y sonoros para contarnos una historia sin salida aparente, sin duelo final, alejada de la conmiseración.

Del fuego suelen quedar las cenizas, esas marcas grises, frágiles que, sin embargo, nos recuerdan que la catástrofe aún no ha pasado. En Oscuro Brillante, de Wilmer Pozo, el autor retrata en blanco y negro el encierro forzado de una mujer (debido a la cuarentena) que debe convivir con su soledad, una intimidad que se ve alterada por las ásperas voces de los políticos y de los presentadores de noticias que nos recuerdan que este mundo inédito que estamos viviendo siempre puede ser peor. Es el retrato de una cotidianidad sencilla, pero no menos intensa. Mientras que en Para Dan, de Mayro Romero, quien también maneja el claroscuro como paisaje visual, asistimos a lo que su realizadxr llama un «sueño involuntario»: la vida pandémica devenida en pesadilla o aletargamiento; los fantasmas como compañías insistentes; la arquitectura que nos abriga transformada en una caja de resonancia por la que transitan recuerdos insospechados. Para Dan maneja un bello lenguaje intertextual por el que se cruzan la ternura y la tristeza, el cine dentro del cine.

Y cuando el fuego parece extinguirse basta una chispa, el desplazamiento del calor que aviva el ocaso, para que este vuelva a encenderse. La sombra refugiada, de Francisco Álvarez Ríos, se descentra de estos relatos pandémicos y nos ubica en una fiesta que apela directamente al contacto, a la resistencia cultural: la diablada de Píllaro, que se realiza durante seis días ininterrumpidos desde el primero de enero. A través de la vida de Ángel Patricio Córdova Padilla (o Yanchatipampi Lamunga Morocho Chiquito Chicaiza, como él prefiere llamarse), Álvarez esboza un perfil de la metamorfosis que ocurre en los seres humanos cuando deciden invertir los valores socialmente normados y abrirse a los rituales de la carne sin censura, del alcohol, de la desobediencia, de la blasfemia. De ese ejercicio corporal quien gana es el deseo y la alegría, como lo devela el cuerpo enmascarado de Ángel cuando baila con los brazos extendidos al cielo, en un estado de desposesión envidiable. Ese es el fuego del cual sí queremos contagiarnos.

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