Querida Mariko,
Te escribo después de mucho tiempo, la última vez que nos vimos nos visitaste en la Universidad de las Artes, que apenas empezaba a funcionar. De ese encuentro queda una foto que me enviaste de vuelta. En la foto estás tú, sentada en una de las butacas rojas de la sala de posproducción. Junto a ti estoy yo, riendo a carcajadas, como si solo eso contara, el encuentro de la amiga que había vuelto de la vaporosa existencia que es la de cada ser vivo. Venías a preguntarme sobre los Encuentros del Otro Cine, en los que también colaboraste en algún momento de tu estadía en Ecuador, los Encuentros… que para mí eran entonces como siguen siendo un recuerdo empujado por el viento que pasa. Mi memoria es frágil, o yo soy frágil y por lo tanto el ejercicio de la historia es para mí una especie de contienda en la que casi siempre, por no decir siempre, pierdo. Me hiciste volver a esos años que eran a la vez hermosos y terribles; creo que tú también lo sabías porque te encontraste con este país que se desangraba, como se desangra hoy Haití, y digo Haití por lo que está pasando ahí y de la que la muerte de Moïses es casi solo un detalle que si se lo persigue nos conduce al sufrimiento de todos los haitianos. Es difícil hablar de eso, desde esta luz de américa, que se ofreció ese calificativo por los sucesos insurgentes de los que ahora llamamos patriotas, con solemnidad, pero que en esa época no los reconocieron como tales, sino como personas peligrosas y violentas. En Haití,  querida Mariko, y no aquí, los esclavos en 1805 ya no soportaron más el colonialismo y se rebelaron. Hasta ahora pagan el costo de ese gesto, las colonias que los subyugaron hasta la fecha no les perdonan el atrevimiento. Resistir, si lo miras bien, entraña siempre un riesgo, pero peor el silencio, Mariko, tú lo sabes mejor que yo.

Te escribo mientras organizamos (y digo organizamos a sabiendas que mi papel en esto es apenas subsidiario) los Encuentros en su vigésima edición; te escribo porque sí, porque las coincidencias existen y porque el otro día me recordaste que nuestro último encuentro entorno a los Encuentros pasó por alguna razón por las aguas incontenibles y bellas que son las palabras de Walter Benjamin y por lo tanto por el recuerdo que es también la imagen del Ángel de la Historia, de Paul Klee. Es curiosa esta coincidencia entre ellos y tú, y nosotros, los que seguimos mal que bien en esto y aquí. Pero esa coincidencia debe tener alguna explicación, querida Mariko, en la que no me voy a extender por ahora, porque no tenemos tiempo ya. Solo quiero contarte eso, que la Historia sigue su curso irrefrenable y a menudo contradictorio, a veces dramático y a veces, como hoy, nostálgico. De una nostalgia extraña y fugaz. Fíjate, para que quede claro, que todo esto nos ha llevado al fin, o sea veinte años después, a volver la vista al pasado, que ya no es solo de los que nos precedieron, sino nuestro, es decir que nosotros, los como yo y también los como tú, nos vamos volviendo imágenes de un tiempo que no será. Lo curioso es que todavía estamos aquí para atestiguarlo, mientras de espaldas, casi siempre de espaldas, nos vamos proyectando hacia la nada. De espaldas hacia el futuro mirando el pasado que explota, o vuela, en mil pedazos, hagamos lo que hagamos. Esos pedazos son los restos de una memoria imposible, inaudita y necesaria a la vez.

Lo que queda aquí, Mariko, en estos documentos que hemos organizado para los que lleguen a conectarse con estos Encuentros del Otro Cine, da cuenta de esos ángeles que hemos sido. No sé, tal vez sí, si te animarás a visitar la página web de Cinememoria. Si te animarás a leer los textos que los amigos de los EDOC han escrito confiando todavía en el gesto de la creación. No sé si encontrarás la misma imagen que yo he encontrado, una imagen que por fragmentaria no deja de estructurar la columna vertebral que es el tiempo en el que habitamos cuando nos hemos considerado, sea como sea, sujetos de nuestro destino. Si lo haces te pido por favor recordar esos tiempos. Pero no solo eso. Si los recuerdas haz el favor de traerlos de vuelta a ver si este viaje de espaldas hacia allá sigue siendo una aventura insoslayable, como la fue en sus inicios, cuando no sabíamos todavía que éramos ya los que somos.

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