Cuando empezaron los EDOC hace casi veinte años, la manera de ver películas aún dependía en gran medida de las salas de cine. Un festival de Cine Documental no era común: el aparecimiento de los EDOC fue una revolución y una revelación.

Recuerdo que en el primer Festival ver La Batalla de Chile de Patricio Guzmán fue un hito para todos. En el cine Ocho y Medio estaban todos los amigos y colegas del cine haciendo filas para ver esa y otras películas. Mucho cine pasó y sigue pasando por los EDOC. Mil gracias por eso.

Hoy las películas circulan de otras formas y las salas de cine ya han perdido esa aura de la que tanto disfrutábamos. La gente ve cine en dispositivos de todo tipo y tamaño y en todas partes. Pero la forma actual de ver cine no podrá nunca tener ese elemento que los EDOC implementó y que nos dejó una huella enorme. Luego de las funciones subíamos a la cafetería a conversar de lo que habíamos visto y a veces a ser parte de conversaciones con los directores. No sé muy bien porqué, pero una tarde de uno de esos primeros festivales, estuve sentado en una de esas charlas junto a Albert Maysles. Sí, Albert Maysles, el padre del Cine Directo que nos había dado Salesman, Grey Gardens, Gimme Shelter y unas cuantas joyas más. Los amigos de los EDOC me habían pedido que tradujera las preguntas que  el público hacía. Habíamos visto esa tarde Lalee´s Kin, The Legacy of Cotton, uno de esos documentales que, con el ojo afinado del Cine Directo, nos llevó a mirar de cerca un Sur de los Estados Unidos en donde la pobreza aún reina como legado de la esclavitud y el racismo. Cine documental de primer orden.

Suelo contar a mis alumnos en mis clases de Cine Documental que yo fui quien hizo la pregunta, pero al escribir estas líneas aparece en mi memoria la duda de si quien la hizo pudo haber sido alguien más. En todo caso, en la historia que me cuento la pregunta a partir de ese documental era: 

—Sr. Maysles, ¿usted dirigió el documental o “sólo” hizo la cámara?

Su respuesta fue clara y directa: 

—What´s the difference?

Esa frase me acompaña desde entonces como un faro en medio de la oscuridad, y les he atribuido, a esa frase y a ese encuentro, un valor profundo. Yo me había formado al acabar la Universidad para ser director de Fotografía de películas y pensé que esa siempre iba a ser mi relación con el cine. Pero no, ya son más de diez años que dejé de trabajar en esa función; lo que no he dejado de ser es fotógrafo y documentalista. Siempre sentí que estar tras la cámara es un oficio que sólo se podía hacer desde la necesidad de contar una verdad propia a partir y desde las imágenes. La Dirección de Fotografía en el Cine de Ficción se convirtió para mí en un trabajo más bien de “traducción” de las ideas de alguien más, cuando para mí la fotografía siempre fue algo más que eso. Ser “sólo” camarógrafo no era suficiente; en el fondo necesitaba crear planos e imágenes desde un sentir y una necesidad interior. Desde entonces esa ha sido la energía creadora: la de las imágenes que vienen desde adentro y que sólo se concretan con el registro del mundo. Esa energía empezó a formarse creo yo con esa frase de Albert Maysles, una frase que me ubicó en el mundo: filmar uno mismo un plano implica dirigirlo, ser autor de él. Una idea que jamás la había sentido en el cine hasta esa tarde en el cine Ocho y Medio sentado junto a un maestro que por el tesón de los EDOC había aterrizado en Quito. Gracias mil.

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