Me siento a escribir este texto en el contexto de la pandemia por Covid19 que ha trastocado profundamente la cotidianidad, los tiempos, los espacios, las relaciones y las experiencias de muchas personas a nivel mundial. Trato de hilar una idea vaga en torno a lo que ha significado habitar este mundo en este momento. Asistimos a una mediatización generalizada de la experiencia en donde la frontera entre la vida online y offline resulta cada día menos visible y pertinente. Me pregunto en ese horizonte en qué consiste nuestra experiencia del mundo. Y en particular en qué consiste nuestra experiencia de encuentro con los demás. 

Por ello quiero reflexionar en torno a las experiencias, aquellas que podrían dar cuenta de estos 20 años de los EDOC. Se trata de un espesor de tiempo que no es despreciable, sobre el que creo que debemos detenernos, no tanto por conmemorar, sino por tratar de percibir lo que implica. Para no divagar más, prefiero mirar los materiales que estos años de Festival han ido dejando a su paso. Siempre me he sentido más cómoda con la materialidad. De eso puedo hablar. Esa materialidad está ahora alojada en una nube… cosa rara. En fin, allí tenemos depositadas decenas de fotografías en las que se evidencia la relación que el Festival fue forjando con sus públicos, los espacios de encuentro que posibilitó y fomentó. Ahora que estamos obligados al consumo mediático en pantallas individuales, quiero recordar algunas de esas instancias de diálogo y encuentro que el Festival EDOC suscitó.

Recuerdo vívidamente las primeras ediciones, la emoción, los nervios.
Recuerdo sobre todo la reacción del público, el asombro, la risa y hasta el llanto y la frustración. Recuerdo descubrir, junto con muchas personas, conocidas y desconocidas, aquello que se entendía por cine documental “de autor”. Recuerdo las discusiones, largas, interminables, y a veces incluso acaloradas, entre los organizadores del Festival, en torno a la pertinencia de programar tal o cual film. Recuerdo que los argumentos giraban en torno 

a la apuesta por mostrar un cine documental que no se pareciese a los documentales televisivos, a la necesidad de crear públicos, de fomentar una cierta capacidad crítica en los espectadores, a la necesidad, mejor dicho a la urgencia, de mirar otras imágenes, y de dejarnos mirar por esas imágenes otras

Hoy, en plena crisis pandémica global, en plena crisis económica, migratoria, ecológica, leemos, entre perplejos y entristecidos, las noticias de los extremos a los que la desesperación y el sueño por el dinero fácil ha llevado a miles de ecuatorianos, al confiar su dinero a una financiera ilegal en Quevedo. Aquello me recuerda las discusiones acaloradas que tuvimos en el seno del Festival, allá por el año 2005, ante la posibilidad, y la necesidad tal vez, de programar un video anónimo que nos llegó sobre el caso del Notario Cabrera. 

Ese debate me marcó profundamente porque si bien el tema se presentaba como algo meramente coyuntural, quedó resonando en mí un cuestionamiento sobre el rol que debe cumplir un festival de cine documental en una sociedad como la nuestra.  ¿Qué debe primar? La coyuntura, la posibilidad de aportar a un debate público en el momento mismo en que se detona? ¿O una apuesta por explorar un cine pausado, crítico y reflexivo…? 

Aún no tengo respuesta a aquello, pero después de 20 años, me parecería que el cine documental, ese cine documental crítico que nos permite mirarnos a nosotros mismos como sociedad, en el espejo de otras tantas sociedades alrededor del mundo, sigue siendo urgente, no por sí mismo y en tanto objeto de contemplación, sino porque nos obliga a mirarnos entre nosotros, nos obliga a encontrarnos.

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