Era el año 2002. No existía todavía Ley de Cine, ni CNC, ni ICCA; tampoco fondos concursables, mucho menos Ministerio de Cultura, Ley de Cultura  o Universidad de las Artes. Se anunciaba la primera edición de Los Encuentros del Otro Cine para abril, con su invitado de honor Joseph Morder, un cineasta francés del que no conocíamos mucho, solo que había vivido su infancia en Guayaquil y que filmaba en Super 8. 

El primer encuentro con Joseph Morder fue tal y como está registrado en las primeras secuencias del documental Aquí soy José: él (52) sale del aeropuerto (después de 40 años), con su mochila en la espalda, como un niño que regresa a casa luego de una larga jornada. Está ansioso y eufórico. No le importa la cámara encendida ni el boom hecho con un micrófono cualquiera atado a un pedestal sin base.  Solo saca la antigua dirección de su casa que trae a mano. Es lo primero que quiere ver, como un niño incansable que ha dejado sus juguetes a mitad de un juego la noche anterior, y, como si no hubiesen pasado 40 años, regresa con la misma energía para continuarlo.  Después de intentar entrar a la casa de su infancia, lo otro que necesita ver son los cines de su niñez. Se cruza a la vereda de enfrente. Nosotros lo seguimos y nos encontramos con el cine desaparecido convertido en parqueadero. Sin embargo, Joseph logra ver ahí, entre los escombros y los autos parqueados, el cine ausente, lo que no está. Así empezó todo, mis inicios en el documental y los de todo un grupo de trabajo en Guayaquil, a partir del primer EDOC. Después nos encontramos con Ramiro Noriega y Juan Martín Cueva y nos fuimos para el antiguo cine de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas para la inauguración de ese primer Festival marcado por un torrencial aguacero y el descubrimiento de otras miradas sobre lo real y percepciones del tiempo.  

En el 2004 estrenamos. Era la tercera edición de los EDOC. Largas filas de cinéfilos guayacos se agolpaban para ver el otro cine. Fabián terminaba de hacer la copia final en el computador, Pepe la lanzaba por el balcón de su casa para que Billy la atrape abajo, en la calle, y salir corriendo hacia la sala de proyección del MAAC Cine. El ambiente era efervescente. Parecía que se estaba construyendo una nueva realidad, un nuevo mundo. 

Después pasé a estrenar casi todas mis películas documentales en los EDOCS: Descartes, 2010; Persistencia, 2016; Hasta el fin de Delfín, 2019.  Durante ese tiempo las  cosas iban cambiando en el país y la ciudad junto con el Festival: la aprobación de la Ley de Cine, la creación del CNC (con delegados del sector), su posterior transformación en Instituto del Cine y el audiovisual, ICCA;  los fondos concursable y el crecimiento de nuestra joven cinematografía; la creación del Ministerio  de Cultura y los eternos intentos por hacer que funcione; la Universidad de las Artes como sueño de educación pública de alta calidad en artes único en la ciudad. Hasta que llegó el 2020 con el virus y el confinamiento, con sus decretos ejecutivos semanales y derogatorias monstruosas (la 1039 que extinguió el Instituto de Cine y Creación Audiovisual); un desandar lo avanzado rompiendo la cadena orgánica.

Ahora escribo desde un tiempo extraño, colapsado todavía por el taparse la boca con la mascarilla quirúrgica y el constante olor a alcohol o cloro; las reuniones zoom que se amontonan a la misma hora y el no poder abrazar a los amigos. (Algunos se han ido y me niego a aceptarlo. Como Eduardo Jurado, creador del Bar Diva Nicotina adonde iba a meterme entre cada función de los EDOC, para pensar en lo visto, fumar un habano y tomarme un trago mientras le contaba a él, que no podía abandonar la barra, el documental que acababa de ver.)

Es que la historia de estos 20 años para mi está entrelazada con el Festival y sus organizadores, amigos, afectos. Juan Martín, Ramiro, Lisandra, Manolo, Alfredo, Albino. Cineastas locales: Pepe Yépez, Billy Navarrete, Fabián Burbano, Renata, Manolito, Arsenio. Amigos y público habitual con los que compartimos las mismas butacas función tras función, desde las 2 de la tarde a las 12 de la noche. 

Por todo esto gracias. Eterna gratitud por estos 20 años de Otro Cine, de cambios de afectos. Gracias por hacer que las cosas sucedan y por mostrarnos otras miradas de lo real, otras formas de percibir el tiempo, otras maneras de construir nuestras verdades en comunidad.

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